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Descentralizar el amor romántico: una ruta para prevenir violencias de pareja

En México, donde las historias de amor suelen contarse bajo la idea de que la pareja es el centro de la vida, hablar de “descentralizar el amor romántico” puede sonar provocador. Sin embargo, cada vez más especialistas en género y salud emocional señalan que colocar la relación de pareja como eje absoluto de la identidad, la felicidad y el proyecto de vida puede generar dinámicas de dependencia, control y, en casos extremos, violencia.

El amor romántico, tal como se ha difundido en canciones, telenovelas y películas, suele estar asociado a mitos: la “media naranja”, los celos como prueba de amor, la idea de que todo se soporta por amor o que una persona puede cambiar a otra si la ama lo suficiente. Estas narrativas no son inocentes. En muchos casos, normalizan conductas que pueden escalar hacia agresiones psicológicas, económicas o físicas.

Descentralizar el amor romántico no significa dejar de creer en el amor o rechazar las relaciones de pareja. Implica quitarle el lugar de única fuente de sentido y bienestar. Es reconocer que la pareja es una parte importante de la vida, pero no la única. Amistades, familia, proyectos personales, trabajo, estudios, hobbies y redes comunitarias también son pilares fundamentales.

Cuando toda la identidad se concentra en la relación, aumenta el riesgo de tolerar conductas dañinas por miedo a la soledad o al abandono. La dependencia emocional puede llevar a justificar insultos, revisiones constantes del celular, aislamiento de amistades o control sobre la forma de vestir y salir. En cambio, cuando una persona cuenta con una red diversa de apoyo y metas propias, tiene más herramientas para identificar límites y defenderlos.

En el contexto mexicano, donde las cifras de violencia de pareja siguen siendo preocupantes, promover vínculos más igualitarios es una tarea urgente. Instituciones como el Instituto Nacional de las Mujeres han insistido en la importancia de transformar los patrones culturales que perpetúan relaciones de poder desiguales. La prevención no solo pasa por sancionar la violencia, sino por modificar las creencias que la justifican.

Descentralizar el amor romántico también implica cuestionar los celos como señal de compromiso. Los celos excesivos suelen estar relacionados con inseguridad y deseo de control, no con amor sano. Una relación basada en la confianza respeta la autonomía de cada integrante: sus amistades, espacios individuales y decisiones personales.

Otro aspecto clave es la educación emocional desde edades tempranas. Enseñar a niñas, niños y adolescentes que el amor no implica sacrificio extremo ni pérdida de identidad contribuye a romper ciclos de violencia. Aprender a decir “no”, reconocer señales de manipulación y comprender que nadie está obligado a permanecer en una relación que le hace daño son aprendizajes esenciales.

Asimismo, descentralizar el amor romántico ayuda a distribuir la carga emocional. En muchas relaciones, especialmente heterosexuales, se espera que una persona —generalmente la mujer— sea el sostén afectivo principal. Esta desigualdad puede generar desgaste, frustración y dinámicas de control. Construir relaciones donde ambas partes asuman responsabilidades emocionales y domésticas de forma equitativa favorece vínculos más sanos.

El amor puede ser un espacio de crecimiento, pero no debe convertirse en un territorio de posesión. Reconocer que la felicidad no depende exclusivamente de tener pareja reduce la presión social y personal por mantener relaciones a cualquier costo. Fortalecer la autoestima, cultivar redes de apoyo y promover la autonomía son estrategias concretas para prevenir la violencia.

Descentralizar el amor romántico, en suma, es apostar por relaciones elegidas libremente, no sostenidas por miedo o dependencia. Es comprender que amar no significa controlar ni soportar. En una sociedad que aún enfrenta altos índices de violencia de género, transformar la manera en que entendemos el amor es también una forma de prevención.

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